Texto: Emmanuelle Brío
Foto: Ash Hayes, tomada de Unsplash
Ciudad de México, a 19 de agosto de 2025.-
I.
Imperialismo y poder: las sombras de Israel sobre Palestina
Hablar de Palestina es entrar a un escenario
donde las palabras caminan descalzas, rozando el polvo y los ecos. Son
murmullos que se mezclan: abucheos que desgarran el aire y aplausos que
resuenan como fantasmas en un teatro antiguo. Pronunciar “Israel” es encender
una lámpara que no ilumina sola: junto a la palabra se despierta su sombra, los
abusos que arrastra, no en el vacío, sino bajo el reflector de una memoria que
nunca se duerme.
El pueblo judío carga en sus espaldas siglos de
persecución, una procesión de heridas que pide respeto y exige ser escuchada.
Pero esa memoria —a la vez faro y escudo— no puede transformarse en muralla que
clausure la justicia. No puede erigir un muro sobre la vida de otros ni
oscurecer con su sombra la dignidad ajena.
El Estado de Israel, nacido entre los escombros
de 1948, fue convocado para ser guardián imparcial, un faro de Alejandría que
protegiera la vida, la libertad y la propiedad de quienes buscaban amparo en su
luz. Pero cuando la tierra palestina se arranca sin voz ni justicia; cuando
leyes invisibles aíslan como redes que estrangulan; cuando los bloqueos
convierten Gaza y Cisjordania en respiraciones ahogadas, el faro se apaga. Y la
luz prometida se convierte en tiranía, quebrando el pacto moral que sustenta toda
legitimidad.
La verdadera seguridad no es una cadena ni un
miedo tatuado en la piel: es defensa racional, serena, equilibrio que resguarda
la vida. Ningún pueblo, aunque se proclame elegido, puede reclamar privilegios
que deshumanicen a otros. La justicia no es capricho de luces y sombras: su
resplandor, cuando es real, toca a todos con la misma intensidad.
Un Estado que oprime deja de ser Estado: es
apenas sombra, vacío con uniforme.
II.
Terrorismo y violencia: el rostro oculto del odio
Desde 1948, la violencia se arrastra como un
espectro obstinado que nunca abandona la escena. Grupos como la Facción de Abu
Nidal, Hamas y la Yihad Islámica han escrito su guion con sangre: secuestros
donde los inocentes se vuelven rehenes; explosiones que arrancan la piel a los
mercados y a los autobuses; atentados que enmudecieron al mundo, como en los
Juegos Olímpicos de Múnich en 1972; y heridas aún frescas, abiertas en el
festival Nova de 2023, donde mujeres judías fueron torturadas, violadas,
mutiladas bajo la mirada de un odio que se creyó bandera.
Nada de eso tiene espacio en la justicia ni en
la legitimidad. No es resistencia: es negación absoluta de la vida. Ninguna
causa —ni la más desesperada— puede levantar su estandarte sobre cadáveres
inocentes. La dignidad palestina no florece en la sangre de otros; del mismo
modo, el dolor judío no se reduce por ser judío: duele como duele en cualquier
ser humano.
Quitar la humanidad al otro es una violencia
que iguala, y a veces supera, la brutalidad de los abusos estatales. La defensa
legítima es un derecho inquebrantable; la agresión indiscriminada, un crimen
que desgarra los hilos mismos de la convivencia.
Cada crimen habla la misma lengua: la negación
de la vida.
III.
La doble moral de la izquierda latinoamericana
Bajo un cielo poblado de banderas que se agitan
como telones, cierta izquierda en nuestra América —convencida de custodiar la
justicia— enarbola la libertad palestina. Pero a veces calla, o incluso
justifica, las violencias cometidas contra ciudadanos judíos de Israel. Ese
doble estándar es traición moral: convierte el odio en arma política y revive,
como actor que regresa desde la penumbra, la vieja sombra del antisemitismo.
En los márgenes se desempolvan mitos añejos,
como el espejismo de una conspiración judía que rige el destino del mundo.
Viejas fábulas que señalan banqueros, intelectuales, titiriteros invisibles.
Cada palabra que alimenta ese delirio sopla aire al “derecho a odiar”, disfraz
que no es otra cosa que permiso para ser hipócrita.
Olvidar que los judíos inocentes son tan
humanos como los palestinos inocentes es condenarlos de nuevo al papel de
chivos expiatorios, repitiendo un drama que nunca debería reponerse. La
historia se repite, pero la injusticia no tiene derecho a ocupar un asiento en
su guion.
Quien justifica la violencia renuncia a la
justicia; y sin justicia, toda causa es un teatro vacío.
IV.
Reconciliación y respeto: un llamado urgente a la paz
¿Vale la pena este ciclo sin fin, donde las
manos que podrían sembrar levantan piedras para destruir? La paz no es milagro
ni improvisación: es el fruto inevitable de un principio inquebrantable. Ningún
hombre, ningún grupo, ningún Estado tiene derecho a violar la vida, la libertad
o la propiedad de otro.
No existe frontera que excuse la amnesia de la
justicia ni decreto que logre borrar a la razón. El desafío respira todavía,
corre en la sangre que une a todos los pueblos: ¿seremos capaces de imaginar un
escenario donde israelíes y palestinos caminen bajo un mismo sol, bañados por
la misma claridad?
Que el telón no descienda sobre ruinas, sino
sobre un pacto moral que permanezca: respeto universal a los derechos
individuales.
La paz no pertenece a banderas ni a pueblos:
pertenece al instante en que reconocemos al otro como igual.
En este jardín frágil del mundo, quizá lo único
que nos queda es contemplar y dejar correr la poesía como un río transparente,
capaz de lamer las heridas que la guerra ha abierto, hasta devolver a la tierra
una memoria que sane.
Sobre
el autor
Emmanuelle Brío (Ciudad de México, 1984) es
autor del poemario Puto amor (Cígneo Ediciones, Ciudad de México, 2021). Desde
2015 reside en Michoacán. Sus textos han sido incluidos en diversas antologías,
entre ellas Afuera: arca poética de la diversidad sexual (Diablura Ediciones,
Estado de México, 2016), El otro lado del silencio (Secretaría de Cultura,
Ciudad de México, 2008), Si era dicha o dolor (Paraíso Perdido, Guadalajara,
2018) y Ese gran reflector encendido de pronto (Instituto Sinaloense de
Cultura, 2021). Ha publicado poemas en diarios y revistas digitales. En 2010
obtuvo el primer lugar del V Certamen Literario José Arrese, convocado por el
Ateneo Literario José Arrese en Matamoros, Tamaulipas, en la categoría de
Poesía. En 2011 fue galardonado con el Primer Premio del Concurso Internacional
de Poesía Heptagrama (Perú).